Historia

La prohibición del alcohol, una idea que cambió al mundo.

La prohibición del alcohol

Hace cerca de un siglo Irving Fisher era el economista más famoso del mundo, pero sus predicciones contribuyeron al mal nombre que tiene hoy la economía como ‘ciencia’ y que solo es superado por la mala reputación que tiene la astrología al momento de predecir el futuro.

Fisher mismo había dicho en octubre de 1929 que el mercado bursátil había llegado a una “meseta perfecta y permanente”. Tan solo nueve días después el mercado de acciones cayó de forma estrepitosa dando inicio a la Gran Depresión. 

Este economista también era un abstemio y defensor de la prohibición o ‘Ley seca’ que se vivió en Estados Unidos entre el 16 de enero de 1920 hasta el 6 de diciembre de 1933 y que prohibía la fabricación, transporte y venta de bebidas alcohólicas. 

Los argumentos de Fisher a favor de la prohibición se fundaban en estudios poco rigurosos que señalaban que el consumo de alcohol antes del trabajo limitaba la productividad. A parte de las objeciones morales que los grupos protestantes hacia el alcohol, muchos economistas se preguntaban si una nación de borrachos podría competir contra un país cuya fuerza productiva fuese sobria. En fin… que razones no les faltaban a los economistas para querer limitar el consumo de alcohol.

Sin embargo, Irving Fisher se tomaba las cifras sobre el consumo de alcohol y la prohibición con cierta libertad. Señalaba que la prohibición había llevado a Estados Unidos a producir 6.000 millones de dólares más. Y, de hecho, durante la prohibición el consumo de alcohol solo descendió por un quinto. Es decir que el 80% de los bebedores habituales seguían consumiendo alcohol sin ningún problema.

Este economista asumía – sin ninguna prueba contundente – que los trabajadores americanos consumían 5 cervezas antes de ir a trabajar. Ya antes había hecho algunos estudios en los que encontraba que beber una cerveza con el estómago vacío hacía descender la productividad de un trabajador en un 2%. De manera que multiplicando 2% de pérdida de la productividad por cinco se cervezas, Fisher concluía que el consumo regular de alcohol hacía descender la productividad del trabajador americano en un 10%. Con estas cifras en mano, la prohibición estaba bastante justificada para los economistas.

Si bien es cierto que el consumo de alcohol tiene efectos graves en la productividad y la salud de las personas, así como en las relaciones existentes entre los hogares, la prohibición como solución al problema del alcoholismo dista mucho de ser la solución racional.

En 1913 un inmigrante italiano residente en Chicago llegó una noche a su casa completamente ebrio y golpeó brutalmente a su mujer embarazada. Se dice que como resultado de la golpiza el bebé que esperaba la esposa de este inmigrante nació con horribles malformaciones. El incidente hizo que muchas mujeres comenzarán a contar los efectos que el consumo de alcohol tenía en sus esposos, quienes las golpeaban, lapidaban el dinero del hogar y las dejaban en el más completo desamparo.

Debido a este incidente surge en Estados Unidos El Movimiento por la Templanza, un grupo de activismo político de corte protestante que defendía la prohibición total del consumo de alcohol y señalaba a este tipo de bebidas de ser responsable de la pobreza, la pérdida de productividad y del rompimiento de miles de familias. 

La prohibición tuvo cierto éxito manteniendo a parte de la sociedad en estado de sobriedad y ‘templanza’, logrando socializar a muchas personas que habían hecho del consumo de alcohol un estilo de vida. Pero también trajo consigo grandes males: el mayor de ellos fue el nacimiento de grupos de crimen organizados con alto poder y con la capacidad suficiente para hacer del alcohol el más rentable de todos los negocios.

Los economistas hubiesen podido evitar la vergüenza de las predicciones de Fisher si en ese período de la historia se hubiera desarrollado la teoría del crimen racional.

“El crimen racional” es una idea del economista Gary Becker, ganador del premio Nobel de Economía.

Becker sostenía que hacer de algún bien algo ilegal simplemente añadía a este bien otro costo que la gente tendría que sopesar en sus elecciones racionales. De modo que los costos y beneficios de hacer algo ilegal tienen que ser tenidos en cuenta al momento de elegir, entre ellos el riesgo de ser capturado por la policía.

Gary Becker de hecho parquea su auto casi siempre en zonas prohibidas, debido a que considera que la policía no se toma el trabajo de observar cuidadosamente a los conductores, y admite que en este sentido él comete un “crimen racional”.

Los criminales racionales, dice Becker, proveerán los bienes prohibidos al precio correcto.

Si los consumidores pagarán por ese bien depende en la elasticidad de la demanda. Si la demanda de un bien es elástica se entiende que esta se adapta a la oferta disponible.

Supongamos por ejemplo que una plaga acaba con los cultivos de arroz. Si los consumidores no encuentran arroz y en vez de comprar este producto se deciden a comprar patatas, el precio del arroz se mantendrá casi invariable. Esto supone que la demanda de arroz es elástica porque puede adaptarse a la oferta del producto. En el otro extremo encontramos la demanda por productos que no pueden ser reemplazados por otros como el alcohol, las drogas y los cigarrillos. En este caso la demanda es inelástica porque no puede adaptarse a los cambios en la oferta, por lo que la demanda sigue siendo la misma a pesar de que la oferta del producto se encuentre restringida.

En los casos en los que la demanda es inelástica, si la oferta de los productos es escasa se puede subir el precio de estos y la demanda se mantendrá sin variaciones.

La prohibición resultó ser por tanto una bonanza para criminales como Al Capone, quien defendió el contrabando de alcohol en términos empresariales:

“Le doy al público lo que el público quiere”, decía Al Capone. “Nunca he tenido que enviar a un vendedor con presión por los resultados. Tampoco he sido capaz de satisfacer toda la demanda”.

Los mercados negros también cambian los incentivos en otras formas.

Tus competidores no pueden llevarte a la Corte por competencia desleal, así que ¿Por qué no usar los medios a disposición para establecer un monopolio local? En este contexto se explican las guerras de los cárteles de la droga por ser los únicos proveedores de cocaína, heroína y demás drogas ilegales.

En la década de los 1920 la violencia relacionada con el tráfico del alcohol llevó ciertamente a que finalmente la prohibición fuera abolida.

La prohibición también contribuye a que los incentivos por la calidad del producto disminuyan. Si la gente de todas formas va a comprar el producto y a un precio más alto, ¿qué sentido tiene brindar bebidas alcohólicas más seguras? Esto también contribuyó a que muchas bebidas vendidas durante la era de la prohibición tuvieran ingredientes más baratos y menos seguros.

Las leyes de prohibición han inspirado a economistas como Bruce Yandle a acuñar un término que se ha hecho común en una rama de la economía llamada la teoría de la elección pública: “Los contrabandistas y los baptistas”.

La idea detrás de este término es que las prohibiciones son casi siempre apoyadas por moralistas bien intencionados y cínicos ansiosos por el dinero.

Pensemos por ejemplo en la prohibición de la marihuana. ¿Quién la apoya?

De acuerdo a la formulación de Yandle, los “baptistas” son cualquier persona que piense que la marihuana está mal; los contrabandistas son los criminales racionales que se benefician de las leyes de prohibición, al lado de cualquier persona que obtiene un beneficio en la prohibición. Pensemos por ejemplo en los funcionarios que son pagados por poner en vigor las leyes de prohibición, tales como policías, agentes de la DEA, militares involucrados en la lucha contra los cárteles y los políticos que obtienen dinero para sus campañas por parte de los grupos criminales.

Durante los últimos años la marihuana ha venido cayendo fuera de la zona de influencia de los “baptistas” y los contrabandistas. Muchos países han legalizado su consumo y producción, logrando que los precios caigan o se mantengan en el mismo nivel, al tiempo que el estado recauda dinero por vía impuestos y que puede usar para fines más útiles que perseguir a los productores y consumidores de cannabis.

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La evidencia científica sugiere que la legalización de la marihuana reporta beneficios económicos para la sociedad. Más allá de los ahorros por no perseguir su comercialización. Algunos estudios dicen que el consumo de marihuana afecta la función cognitiva, otros no encuentran efecto alguno.

Incluso, un estudio aislado y poco plausible, encontró que “fumar un porro” daba a los trabajadores un impulso en el corto plazo a su productividad.

Uno solo puede preguntarse que conclusiones habría sacado Irving Fisher de esto.

Con información de BBC News.

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