Economía Global

¿Cuál es el futuro de la globalización en la era Trump?

«Los mercados están asustados, pero necesitamos un nuevo orden mundial que haga espacio para las soluciones locales y el estado nacional». Larry Elliott, columnista de The Guardian

La importancia de la guerra comercial entre Estados Unidos y China va más allá del impacto de las tarifas y sus respectivas represalias, en las cuales dos hombres fuertes se han ganado el derecho a fanfarronear. Como sucedió en los años 30, la inexorable caída en el proteccionismo es parte de una más profunda crisis del status quo internacional. Esta semana, cuando Beijing acusó a Estados Unidos de «destruir el orden internacional de forma deliberada» estaba realmente diciendo que la hegemonía de Estados Unidos ya no estará indemne, sin desafíos. La Globalización, como la conocemos, está llegando a su fin, y esto es algo que de ninguna manera debería ser lamentado.

Alabado como el último progreso de la historia humana, un modelo basado en la desregulación de los controles sobre el capital y en la construcción de cadenas de suministros globales que han engendrado recurrentes crisis financieras, un modelo que ha impulsado una corrosiva desigualdad, empeorando la emergencia climática. Es verdad, hay que decirlo, millones de personas han salido de la pobreza durante los últimos 25 años, pero la mayoría de ellas viven en un solo país- China – que ha mantenido al mercado bajo su control.

Lo mercados bursátiles mundiales ven las cosas de manera diferente. Ellos se asustan cada vez que Donald Trump tuitea un himno al proteccionismo. De la misma manera, las corporaciones multinacionales se preocupan por el posible daño que las barreras comerciales podrían causar en las cadenas de suministros. Es claro que quienes han salido beneficiados de la globalización son los ricos y poderosos, y ellos no van a renunciar a sus privilegios sin dar la batalla. Nada de esto es nuevo.

A través de la historia han habido sucesivas olas de globalización seguidas por un reajuste en contra cuando el modelo se ha superado a sí mismo. En esta ocasión, de nuevo todos los ingredientes están en su lugar para una lucha entre los defensores del status quo (la globalización) y aquellos que dicen que las recientes tendencias en política, tecnología, y clima señalan la necesidad de un nuevo orden mundial enfocado más en soluciones locales, estados nacionales fuertes y una reforma del sistema internacional. Es bastante difícil imaginar que el presidente Trump tenga esto en mente cuando está amenazando a China, pero la crisis económica del 29 – de la cual el proteccionismo fue una parte- llevó eventualmente, aunque después de la segunda guerra mundial, a reformas que hicieron del mundo un lugar más seguro y sano.

El desafío es hacer que la crisis lleve a un cambio, y que el proceso empiece con un honesto reconocimiento del desorden en el que nos encontramos. Por más de una década, desde la crisis financiera de 2008, ha habido un intento frenético de poner la globalización de vuelta en sus pies y retornar al status quo lo antes posible. Trump es la prueba de que esos intentos han terminado en el fracaso.

En retrospectiva, los principios de la década de los noventa marcaron el punto más alto de la globalización. La Unión Soviética había colapsado, los países ex-comunistas se habían convertido en economías de mercado, los bancos centrales independientes eran la norma y un acuerdo multilateral de libre comercio había sido ya firmado después de más de siete años de negociaciones. El proyecto de integración de Europa estaba en pleno vuelo, con preparaciones en camino para una moneda única.

La política de los años noventa estaba dominada por partidos de centro-derecha y centro-izquierda, persiguiendo ampliamente políticas económicas muy similares: disciplina presupuestal, liberalización de los flujos de capitales, animar la incursión del mercado en sectores hasta el momento por fuera de sus límites.

Bien sea en los países desarrollados de Europa, o en los mercados emergentes de América Latina, la ortodoxia económica reinaba en pleno. Seguramente, había una aceptación de que existían problemas que afloraban con el nuevo orden mundial, pero la guerra fría había finalizado y Rusia ya no era una amenaza. Estados Unidos podía usar su poder militar sin comparación para patrullar el mundo y mantener las fábricas produciendo para el consumo internacional por medio de su voluntad de actuar para salvaguardar a los consumidores.

Poco de esta visión utópica ha sobrevivido. No han habido acuerdos comerciales multilaterales firmados desde que la Ronda de Uruguay fue levantada en 1993, en gran parte debido a que la última vez que Estados Unidos y Europa fueron capaces de llegar a un acuerdo de mutuo interés, luego lo impusieron al resto del mundo.

El G7- Estados Unidos, Canadá, Japón y las cuatro economías más grandes de Europa – ya no recibe la atención de las cámaras en las cumbres internacionales. La independencia de los bancos centrales está amenazada. Estados Unidos no tiene la voluntad de absorber el exceso de producción global, y en vez de ello, demanda que países como Alemania bajen su superávit comercial. El empuje por la integración de Europa se ha estancado. Los partidos de centro han perdido su contenido, en parte por que han fallado en identificar las debilidades inherentes en la globalización o porque fueron muy tímidos al momento de actuar contra sus excesos, si es que lo hicieron.

El Consenso de Washington – que era que había una solución para todos los problemas de los países en vías de desarrollo y que esta envolvía las privatizaciones, abandonar los controles de capitales y la rectitud presupuestaria, ha caído y ya no es respetado más. Y Rusia ya no es más ese país que se podía tener bajo control. El riesgo de que el actual camino que ha tomado la globalización pueda terminar en un conflicto militar es mucho más grande del que generalmente se reconoce.

Para prevenir tal resultado, se necesitan cambios en todos los niveles, empezando por el nivel local.

Incluso durante su apogeo, grandes partes de la actividad económica quedaron sin tocar por la globalización y estos segmentos podrían crecer en la medida en que las economías tienden a enfocarse más en los servicios. En adición a esto, los países como Estados Unidos que están tratando de llevar de vuelta la producción industrial dentro de sus fronteras- en parte debido a los altos costos de transportar los bienes alrededor del mundo, y en parte también al cambio tecnológico – un uso más grande de robots y la inteligencia artificial – han reducido los incentivos financieros para invertir por fuera de sus fronteras.

También existe un mayor y potenciado rol del estado nación- cuya muerte había sido exagerada. Ya no será bueno para los políticos asustar a los votantes con la idea de que la globalización es una fuerza imparable de la naturaleza contra la que nadie puede luchar. Decirle a la gente que la desigualdad, el decaimiento industrial y el estancamiento de los niveles de vida son algo que se tiene que soportar es como llamar a las fuerzas populistas para que armen un gran problema.

La iniciativa china de Una Nueva Ruta de la seda es un ejemplo de cómo las naciones están operando a un nivel subglobal. La red de Beijing en infraestructura y proyectos alrededor de Asia y Europa tienen un doble propósito: Proveer un mercado para los productos de China y extender la influencia de Beijing a partes donde el poder (cultural y militar) de Estados Unidos es débil. De igual manera, los acuerdos comerciales probablemente serán negociados a una escala bilateral o entre coaliciones de voluntades.

Finalmente hay una necesidad de reforma a nivel global: Para movilizar una acción efectiva contra el cambio climático, para cumplir los objetivos de desarrollo sostenible de Naciones Unidas, para frenar el poder del capital financiero internacional y de flujos de capitales, y para rearmar un sistema de reglas, pero administrado, de comercio global.

Nada de esto será fácil – de hecho, será tremendamente difícil. Pero tres desarrollos recientes ayudan a proveer optimismo. El primero es que los fallos del actual sistema se han hecho tan grandes que son difíciles de ignorar. El segundo, es que este fracaso, ha llevado como nunca a una nueva forma de pensar y el tercero es que las nuevas ideas están empezando a influenciar la política.

Con información de Larry Elliot, Editor económico de The Guardian.

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